sábado, 28 de abril de 2018

Misterios gozosos (4)


El cuarto Misterio gozoso puede enunciarse de dos maneras: “La presentación del Niño en el Templo”, que subraya el aspecto cristológico, y “La purificación de Nuestra Señora”, que destaca el contenido mariano.

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El Papa Benedicto, en su libro “Jesús de Nazaret” advierte que san Lucas (que era griego), al escribir este pasaje de la vida del Señor, no pretendía ser riguroso en reflejar la Ley de Israel en lo referente a las cuestiones que todo judío observante tenía que realizar. Sino, más bien, lo que desea el evangelista es mencionar el núcleo teológico de la escena: la importancia del primer encuentro de Jesús, como Mesías y Salvador, con el Templo.

Toda familia judía, al nacer su primogénito, tenía que observar tres cosas: la circuncisión del niño (a los ocho días de nacido: se le ponía el nombre), la purificación de la madre (no salir de la casa a actividades litúrgicas, por la impureza contraída y, a los cuarenta días del parto, ofrecer un sacrificio: dos pichones o dos tórtolas para las familias pobres) y el rescate del niño (en cuanto fuera posible, pagar cinco siclos a cualquier sacerdote). Estas tres obligaciones se podrían cumplir sin presentarse en el Tempo.     

En el caso de Jesús, se llevó a cabo la circuncisión y la purificación de la Madre, pero no el rescate del primogénito, porque no hacía falta: no tiene que ser rescatado de la dedicación al servicio de Dios, pues esa es precisamente su misión. Lo que María y José hicieron es, por el contrario, llevar al Niño al Templo para presentarlo y ofrecerlo a Dios, como el Mesías y Salvador del mundo.

San Lucas destaca principalmente el hecho de que el Señor entrara al Templo por primera vez, para cumplir así su oficio mesiánico. Se encuentra, a su vez, con el Antiguo Testamento representado por Simeón y Ana, dos ancianos justos y observantes de la Ley que, gracias a su estar inmersos en Dios por la oración, pueden dejarse mover por el Espíritu Santo y proclamar que Jesús es Luz de las naciones, y gloria y consuelo de la casa de Israel.

El Espíritu Santo es el Consolador que produce un gran gozo en quienes reconocen a Jesús como el Cristo. La condición es vivir para escucharlo y ser dóciles a sus mociones, como Simeón y Ana.

Hay que hacer notar también la obediencia de María y José a las prescripciones de la Ley. Nuestra Señora y su esposo son judíos observantes. Viven la Ley con un gran gozo. No la ven como un peso difícil de llevar sino como un tesoro riquísimo del cual se alimentan diariamente. María no necesitaba de ninguna purificación porque Ella es “Tota pulchra”, toda hermosa y sin mancha. Pero se somete al rito de la purificación.

“¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón” (San Josemaría, Santo Rosario).

María no necesita purificarse, pero sí puede purificar, con su vida santa, el pecado del mundo, nuestro pecado. Por otra parte, Ella puede y quiere ayudar a recorrer el camino de la purificación que todos los pecadores necesitamos. Ella es la patena en la que nos ofrecemos al Señor para unirnos a su Cruz y convertirnos en Eucaristía (cfr. Tomo IV de los Dictados de Jesús a Marga).

María nos da ejemplo del deseo de expiación que experimentan las almas santas. Para ellas no es un “sacrificio” expiar, sino un gran gozo, porque desean unirse a la Pasión y Muerte de Cristo.

Simeón le anunciará a la Virgen que una espada atravesaría su corazón. De esta manera le da a conocer, por inspiración del Espíritu Santo, que Ella estará íntimamente asociada por el Sacrificio de Cristo, como Signo de contradicción. Es decir, le adelanta la estrecha unión que tendrá Ella a la Cruz de su Hijo.  

San Josemaría, en el comentario al Cuarto Misterio gozoso, acentúa más los aspectos marianos, fijándose especialmente en la purificación de la Virgen.

“Su pluma avanza en clave mariana y desarrolla el tema a través de una bellísima reflexión sobre el mensaje –humano y cristiano– de la purificación de María. De esta manera, el mensaje inicial –"cumplir la Santa Ley de Dios"– se prolonga ahora en la idea de "purificación" del alma –"a pesar de todos los sacrificios personales"–, que en el contexto del 4° Gozoso se constituye como la propuesta central del Autor a los lectores; con esta secuencia: purificación – que es expiación – impulsada por el Amor” (Pedro Rodríguez, Comentario al 4° Misterio Gozoso, en “Santo Rosario” de San Josemaría”).

Unos meses antes de escribir su libro “Santo Rosario”, San Josemaría anota en sus apuntes íntimos unas consideraciones que les había hecho a las monjas del convento que estaba anejo a la Iglesia rectoral de Santa Isabel.

"Hoy entré en la clausura de Sta. Isabel. Animé a las monjas. Les hablé de Amor, de Cruz y de Alegría... y de victoria. ¡Fuera congojas! Estamos en los principios del fin. Santa Teresa me ha proporcionado, de nuestro Jesús, la Alegría –con mayúscula– que hoy tengo..., cuando, a1 parecer, humanamente hablando, debiera estar triste, por la Iglesia y por lo mío (que anda mal: la verdad): Mucha fe, expiación, y, por encima de la fe y de la expiación, mucho Amor" (Apuntes íntimos, 15-X-1931).  

En España eran momentos muy duros. Se había iniciado la quema de conventos. La Iglesia era abiertamente perseguida y se preparaba la guerra civil (1936-39). Y, sin embargo, San Josemaría les habla del Amor, como secreto para alimentar la fe y convertir todas las tribulaciones en motivo de expiación y de unión a Jesucristo en la Cruz y en la Gloria.

En conclusión, ¿qué podemos aprender de la meditación del Cuarto misterio gozoso del santo Rosario?: 1) deseos de ofrecer nuestra vida totalmente a Dios, como Jesús en su primera visita al Templo; 2) deseos de cumplir la Ley de Dios con libertad y gozo, como María y José; 3) deseos de no tener miedo a la purificación y a la expiación, sabiendo que la Virgen nos llevará por este camino para ofrecer a su Hijo un sacrificio agradable a sus ojos y para, por la Cruz (simbolizada en la espada que atraviesa su alma) contribuir a nuestra transformación eucarística en Cristo.



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