sábado, 18 de marzo de 2017

El Agua Viva

Hay dos temas que sobre los cuales nos gustaría reflexionar en este post: 1°) el que nos sugieren las lecturas del Tercer Domingo de Cuaresma y 2°) la figura de San José, que celebraremos este año el día 20 de marzo.

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En el Tercer Domingo de Cuaresma ocupa un lugar central la acción del Espíritu Santo en nuestras almas. La Iglesia, después de habernos señalado la necesidad de la lucha (Primer Domingo de Cuaresma: Jesús lucha contra las tentaciones del demonio) y de la oración en nuestro camino hacia la santidad (Segundo Domingo de Cuaresma: la Transfiguración, acontecimiento de oración), nos presenta la necesidad ineludible del Don de Dios, el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida.  

“La petición de Jesús a la samaritana: "Dame de beber" (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del "agua que brota para vida eterna" (Jn 4, 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos "adoradores verdaderos" capaces de orar al Padre "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, "hasta que descanse en Dios", según las célebres palabras de san Agustín” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2011).

Mañana leeremos en la Misa la historia de la Samaritana, esa mujer pecadora que va a buscar agua al pozo de Sicar, como lo hacía habitualmente, y se encuentra con Cristo que le pide de beber: “Dame de beber”. El Papa califica esa expresión del Señor como “pasión de Dios por todo hombre”. A cada uno, Jesús, nos pide de beber. Tiene “sed” de nosotros, de nuestro amor. Nos espera en el Sagrario con “ansias”, con un gran deseo de que acudamos a Él y le manifestemos nuestro amor.

¿Por qué nos busca Dios? Porque quiere suscitar en nosotros el deseo del don del "agua que brota para vida eterna" (Jn 4, 14). Dar de beber al Señor es abrirle nuestro corazón, escucharle, ponernos a su disposición, ser humildes. Con nuestra humildad y apertura Él hará maravillas. Pero necesita que cada uno correspondamos libremente a su amor.

Jesús envía a sus discípulos al pueblo para que busquen alimentos. Pero Él se queda en el pozo “esperando” a la mujer samaritana. Él espera todo lo que sea necesario. Se hace el encontradizo y es el primero en entablar una conversación con la mujer que llega al pozo: “Dame de beber”.

La Samaritana se abre al diálogo y, poco a poco, paso por paso, deja que el Espíritu Santo entre en su alma. Ha ido a buscar agua al pozo y se encuentra con un Agua que salta hasta la vida eterna. “¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, "hasta que descanse en Dios"” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2011).

En la primera lectura de la Misa de mañana (cfr. Ex 17, 3-7), la Iglesia nos recuerda el peregrinaje de los hebreos por el desierto, y cómo, a pesar de su dureza de corazón, Dios hace surgir agua de la roca de Meribá, en Masá. Lo hace para que los israelitas se conviertan de corazón y se abran al Don de Dios. Nosotros también peregrinamos por el Desierto de la Cuaresma y necesitamos el Agua del Espíritu Santo para proseguir nuestro camino a la Tierra prometida, al Nuevo Paraíso.

Así como los israelitas iban todos juntos —formando un solo pueblo y alimentados por el maná, figura de la Eucaristía—, también nosotros vamos unidos en la Iglesia, Nuevo Pueblo de Dios y Familia nuestra, hacia la Jerusalén celestial.

En otro de sus mensajes de Cuaresma, Benedicto XVI nos anima a vivir la práctica cuaresmal de la limosna que, en definitiva, es vivir ocupándonos de los demás.

“Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. "Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros" (1Co 12, 25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna –una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno–, radica en esta pertenencia común” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma de 2012).

Todo esto nos recuerda que San José, a quien celebraremos pasado mañana, es Patrono de la Iglesia, que siempre se ha acogido a su intercesión, pues es quien hace cabeza en la Familia de Nazaret.

“Fecit me Dominus quasi patrem regis et dominum universe domus eius: nolite pavere”, se lee en una antigua lectura del Breviario Romano. El Señor lo ha hecho como padre del rey y señor de toda su casa. Por lo tanto no hay nada que temer. Son palabras que se refieren a José, hijo de Jacob, a quien el Faraón había puesto al frente de su casa.

Ahora, nosotros acudimos al Espíritu Santo “unientem Ecclesiam” (Santo Tomás de Aquino), que une a la Iglesia; y a San José, para elevar nuestras plegarias por el Papa y por la unidad de la Iglesia.

Ya hemos hecho alusión en posts anteriores sobre los mensajes que ha recibido Marga de Jesús y de la Virgen, que hablan de la proximidad de un posible cisma en la Iglesia. Como sabemos, esto es algo que está anunciado por hombres y mujeres santos desde hace mucho. Sin embargo, lo central de esos mensajes no es anunciar el futuro. Han de ser recibidos y estudiados en conjunto, en un clima de oración y teniendo presente que lo importante es que, a través de ellos, el Espíritu Santo derrama sobre nosotros para que conozcamos el gran Amor que Dios nos tiene.  

Confiemos pues en que “el Señor anula los planes de las naciones, vuelve vanos los proyectos de los pueblos. Pero el Designio del Señor se mantiene eternamente, los proyectos de su corazón, de generación en generación” (Salmo 33, 10-11).


sábado, 11 de marzo de 2017

"Este es mi Hijo amado..., escúchenlo"

En el domingo pasado meditábamos el comienzo de la vida pública de Cristo, que es llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el demonio.

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Jesús dedica los 40 primeros días de su misión evangelizadora a la oración y al ayuno. Antes, había sido bautizado por Juan en el Jordán, y se había escuchado la voz del Padre que daba testimonio de Él: “Este es mi hijo en quien tengo mi complacencia” (Mt 3, 16-17).

Mañana, en el Evangelio del Segundo Domingo de Cuaresma, escucharemos nuevamente las mismas palabras del Padre, pero esta vez su testimonio del Hijo es al final de la vida pública, cuando faltan sólo seis meses para su pasión y muerte en Jerusalén.

Jesús había estados unos días antes con sus discípulos en Cesarea de Filipo. Ahí les había anunciado claramente que tendría que padecer, morir y resucitar al tercer día.

“Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a muerte” (Marcos 8,31; Cf. Mateo 16, 21-28; Lucas 9, 22-27).

Pedro había intentado disuadirlo, pero el Señor lo reprende duramente porque no sus pensamientos no eran los de Dios.

“Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo: - «¡Apártate de mí Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres” (Mc 8, 32-33).

La dificultad que tiene Pedro para aceptar el anuncio del Señor, también la tienen los otros apóstoles, según lo narra el Evangelio un poco más adelante: cuando el Señor predice —por segunda vez— su pasión tampoco ellos lo comprenden. Mateo nos dice en su Evangelio que “se pusieron muy tristes” (17,23), y Lucas afirma que “ellos no entendían este lenguaje, y les resultaba tan oscuro, que no lo comprendían; y temían preguntarle sobre este asunto” (9,45). (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 554).

Jesús, en la última etapa de su vida, quiere fortalecer la fe de los apóstoles porque, como dice san Pablo, «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14,22) (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 556).

Por eso, al comenzar Jesús su “subida” a Jerusalén, se propone pasar por el Monte Tabor, para que sus discípulos sean testigos de su gloria.

“Los padecimientos del tiempo presente no son nada comparados con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8,18).

Ahí, Jesús se transfigura en presencia de Pedro, Juan y Santiago, y también de Moisés y Elías. Lo cubre una nube y se oye la voz del Padre, como en el Jordán. Pero en esta ocasión Dios Padre añade algo más: “escúchenle”. Las palabras de Cristo son luz que ilumina nuestros senderos. Él mismo es la Luz.

Juan Pablo II, en su Carta sobre el Rosario, propone la Transfiguración del Señor como uno de los misterios de Luz, para que nos dispongamos a vivir con Jesucristo el momento doloroso de la Pasión: “Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo «escuchen» (cfr. Lc 9, 35) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo”.

Juan Pablo II, comienza su Carta sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano (Salvifici Doloris, 11 febrero 1984) con unas palabras de San Pablo, a las que califica como un “descubrimiento definitivo que va acompañado de alegría”: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros».

Los discípulos experimentan la alegría del Evangelio en el Monte Tabor, porque escuchan a Jesús y ahora ven su Rostro resplandeciente. La Transfiguración es un acontecimiento de oración. La oración, la escucha atenta de la Palabra de Dios, es la que da sentido al sufrimiento, que se convierte en un gran gozo.   

Terminamos con unas consideraciones del Catecismo de la Iglesia Católica y de san Josemaría Escrivá de Balaguer sobre el sufrimiento y el dolor.

“La fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba.  El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. A veces Dios puede aparecer ausente e incapaz de impedir el mal. La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud” (CCE 164; 272; 1500).

“Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Así, Cristo crucificado es «poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1 Co 2, 24-25). En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es donde el Padre «desplegó el vigor de su fuerza» y manifestó «la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes» (Ef 1, 19-22)” (CCE 272).

“El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican. Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres” (Es Cristo que pasa, 68).




sábado, 4 de marzo de 2017

La lucha cristiana

Los cuarenta días del tiempo litúrgico en que nos encontramos se cuentan desde el Miércoles de Ceniza hasta el Sábado Santo, sin incluir los seis domingos de Cuaresma (en ellos se celebra el Día del Señor y, por lo tanto, son penitenciales pero también festivos: especialmente el 4° domingo, “Laetare”, y el Domingo de Ramos).


En uno de sus mensajes de Cuaresma (año 2011) Benedicto XVI explica cómo la Iglesia nos va a preparando durante este tiempo del año para celebrar el Misterio Pascual (Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión del Señor a los Cielos). Y lo hace mediante un “itinerario cuaresmal” que podemos seguir en la liturgia, especialmente los domingos.

Al comenzar la Cuaresma, puede ser muy provechoso para nuestras almas proponernos seguir de cerca este “itinerario” que, paulatinamente —como por un plano inclinado— nos va llevando hacia la Pascua, que es la Solemnidad más importante del Año litúrgico.

En los siguientes “posts” iremos reflexionando sobre el “itinerario” que propone el Papa.

Primer domingo de Cuaresma

“El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha "contra los Dominadores de este mundo tenebroso" (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma para el año 2011).

El primer punto de meditación que nos propone el Papa es la necesidad de la lucha en la vida cristiana. Todos somos pecadores. En este tiempo vale la pena cuidar especialmente el examen de conciencia diario y el que hacemos antes de recibir el Sacramento de la Penitencia. Si somos constantes en el ejercicio de buscar conocernos mejor, con valentía y sinceridad, tendremos una gran ventaja para luchar cada día contra lo que nos puede apartar de Dios.

En la estrategia militar lo primero que se busca es conocer bien el terreno de la batalla. Sólo así se podrá vencer al enemigo. Es difícil conocerse, porque todos tendemos a buscar una excusa para nuestros malos hábitos y pecados. En este sentido, también la dirección espiritual es una ayuda necesaria para saber concretamente en qué puntos tenemos que luchar.

Jesús, en el desierto, lucha contra las tentaciones del demonio. Él es el Hijo de Dios y es imposible que el demonio le gane, pero desea enseñarnos cómo hay que luchar. Lo primero que hace es desbaratar las argucias de Satanás. El examen de conciencia consiste en utilizar nuestro entendimiento para buscar las raíces de nuestros descaminos. Se trata de pedir la luz de Dios para iluminar nuestra alma y poder ver con claridad qué es lo que no agrada a Dios.

Es muy recomendable fomentar, en este tiempo de Cuaresma, el espíritu de examen, de modo que nos podamos preguntar en cada momento si estamos cumpliendo la voluntad de Dios o no. Si tenemos espíritu de examen podremos rectificar fácilmente, pedir perdón si nos hemos desviado, y volver a recomenzar muchas veces al día.

San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) solía recomendar que hiciéramos muchas veces al día de hijo pródigo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…” (cfr. Lc 15).

Ese es el fundamento sólido de la lucha cristiana: un examen hecho a conciencia. Se trata de un examen que tiene por objeto conocernos para poder luchar contra nuestros defectos y así cumplir la voluntad de Dios. En definitiva el examen bien hecho debe tener una característica fundamental: hacerlo por amor a Dios. Podemos preguntarnos cada día (y muchas veces al día): ¿en qué te he amado menos hoy, Señor?

Otra característica de la lucha cristiana es que se centra en las cosas pequeñas de cada día. Dios nos pide que seamos realistas y concretos. No nos pide luchar con leones que aparezcan en los pasillos de nuestra casa, como Tartarín de Tarascón, que buscaba cazar leones por los pasillos. Lo que el Señor desea es que luchemos cada día en el cumplimiento fiel de nuestros deberes, en el aprovechamiento del tiempo, en el esfuerzo por moderar nuestro carácter, en el espíritu de servicio que es signo claro de amor a nuestros hermanos, en la lucha por mantenernos en la presencia de Dios.

Esa lucha por hacer lo que debemos y “estar” en lo que hacemos es camino de santidad (cfr. Camino, 815). El santo se forja en la lucha diaria y constante. La Cuaresma puede ser un tiempo precioso para ir adquiriendo hábitos firmes, a base de repetir actos virtuosos cada día. Al final de estos cuarenta días veremos que las virtudes cristianas se habrán hecho más firmes en nuestra vida.

Cuando experimentamos nuestra fragilidad, el camino no es lamentarse de lo débiles que somos y hundirse en la inactividad, sino detectar el mal y poner remedio mediante un tratamiento adecuado. Por ejemplo, si nos torcemos un tobillo, lo que tenemos que hacer es seguir los consejos del traumatólogo, que nos recomendará tomar medicamentos y, en cuanto se pueda, hacer unos ejercicios, todos los días, con constancia, para recuperar la movilidad del tobillo afectado. Si somos dóciles, a las pocas semanas podremos hacer nuestra vida con toda normalidad.

En la vida espiritual es imprescindible la “gimnasia” diaria, para no “engordar” y mantenernos en forma.

En esta primera etapa del “itinerario cuaresmal” la Liturgia dominical nos recomiendo poner los medios humanos (la lucha) para avanzar por el camino de la santidad.

Ya desde el principio nos damos cuenta de que solos no podemos. Por eso es necesario invocar al Espíritu Santo y a otros aliados sobrenaturales, como Nuestra Madre la Virgen, San José, el Ángel de la guarda y otros santos de nuestra devoción, para que son su ayuda podamos conocer el amor de Dios y vencer en esta batalla que durará mientras vivamos.



sábado, 25 de febrero de 2017

La Providencia de Dios

La Oración Colecta este próximo domingo (8° de tiempo ordinario) es un canto de esperanza en la Providencia de Dios: “Concédenos, Señor, que tu poder pacificador dirija el curso de los acontecimientos del mundo y que tu Iglesia se regocije al poder servirte con tranquilidad”.


A un primer observador, sin fe, o con poca fe, le podría parecer esta oración demasiado optimista y poco real. Los acontecimientos del mundo no son precisamente muy halagüeños. Hay guerras, injusticias e incertidumbres en todo el mundo. Las perspectivas para los hombres de nuestra época son más bien oscuras.

Por otra parte, en la Iglesia tampoco hay paz. Más bien hay división y luchas en las más altas esferas de la Iglesia. La situación de la Iglesia es muy difícil: ¡se ve la falta de unidad!

Por eso, es natural que nuestra oración por la Iglesia y por el Papa ocupe el primer lugar de nuestras intenciones en estos momentos.

Sin embargo, la liturgia nos invita a la esperanza: a pedir a Dios que su poder pacificador dirija el curso de los acontecimientos del mundo y que en la Iglesia podamos servirle con tranquilidad.

La paz, según santo Tomás de Aquino (que toma la idea de san Agustín y de los antiguos autores romanos) es “la tranquilidad en el orden”. Todos deseamos la paz, la tranquilidad y el orden.

Pero, ¿es realista tener esperanza, en estos momentos, de que la paz es posible? ¿No es un poco, o bastante utópica esta petición?; ¿no son nuestras expectativas demasiado infundadas?

A veces parece que Dios no escucha nuestras plegarias. A veces parece que, o que quiere Dios el caos, la falta de claridad, la zozobra de los hombres.

“El Señor me ha abandonado, el Señor me tiene en el olvido” (cfr. Is 49, 14-15; Primera Lectura de la Misa).

Pero no es así. Dios es Padre y Madre.

¿Puede acaso una madre olvidarse de su creatura hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas? Aunque hubiera una madre que se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti”, dice el Señor todopoderoso” (Ibidem).

Él sabe cómo conseguir que, al final, sea todo para su gloria y para nuestro bien. Ese “al final” no significa que haya que esperar, de modo absoluto, al fin de los tiempos. Es verdad que en ese momento histórico se dará el triunfo definitivo del bien sobre el mal, el triunfo definitivo de Jesucristo, para quien todo el honor, el poder y la gloria. Pero también es verdad que ya ahora podemos ver la acción de Dios en nuestra vida, en la Iglesia y en el mundo, si tenemos una mirada de fe.

La fe de los pequeños ve más allá de lo que se puede ver con la simple razón humana. Dios se ocupa hasta de los más mínimos detalles de sus hijos.

Dios quiere que deseemos la paz y la tranquilidad para el mundo y para la Iglesia. Pedir estos bienes, insistentemente, es una manera de desear que se cumpla la voluntad de Dios, que se lleve a cabo plenamente su designio redentor.

Por eso la Iglesia nos invita, justo antes de comenzar el itinerario cuaresmal —el próximo miércoles—, a clarificar nuestra mirada con la oración, el ayuno y la limosna, de modo que podamos, ya ahora, participar con alegría y confianza del Misterio Pascual de Cristo.

“Sólo en Dios he puesto mi confianza, porque de él vendrá el bien que espero. Él es mi refugio y mi defensa, ya nada me inquietará. Sólo Dios es mi esperanza, mi confianza es el Señor: es mi baluarte y firmeza, es mi Dios y salvador. De Dios viene mi salvación y mi gloria; él es mi roca firme y mi refugio” (Salmo responsorial. Del salmo 61, 2-3. 6-7. 8-9ab).

Esto no es “providencialismo”. Es fe sólida. Podemos estar seguros de que todo lo que sucede en el mundo, incluido el mal, es parte del plan de Dios, porque Él saca de los males bienes y de los grandes males grandes bienes.

Lo cual no significa que nos desentendamos del curso del mundo. Cada uno, donde Dios nos ha colocado, somos responsables de buscar la construcción de la paz y del orden. Alrededor nuestro tenemos el campo de acción para construir y sembrar la verdad y el bien. En este mundo tan dividido, podemos crear corrientes de unidad y de amor.

La Cuaresma es un tiempo especialmente propicio para convertirnos y, de esta manera, ayudar a la conversión y transformación del mundo y de la Iglesia. Todo empieza por uno mismo, como dice san Josemaría Escrivá de Balaguer: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides—dependen muchas cosas grandes” (Camino 755).

Hermanos: Procuren que todos nos consideren como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se busca en un administrador es que sea fiel” (cfr. 1 Co 4, 1-5; Segunda Lectura de la Misa)”.

Lo que Dios nos pide es que seamos fieles, de cara a Él, sin respetos humanos, sin mirar a la derecha o a la izquierda: “puesta la mirada en el autor y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 2). Sin juzgar antes de tiempo, sino esperando la Segunda Venida de Cristo.

Entonces él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas, pondrá al descubierto las intenciones del corazón y dará a cada uno la alabanza que merezca” (ibídem).

El Señor no quiere que nos “preocupemos” por “lo mal que está el mundo y la Iglesia”, sino que nos “ocupemos” en la tarea de nuestra santificación y de la salvación de las almas. Los que se “preocupan” por el alimento y el vestido (es decir, las cosas materiales) y se inquietan y desviven por lo pasajero y caduco tienen poca fe y no conocen a Dios (cfr. Mt 6, 24-24; Evangelio de la Misa).

Dios sabe muy bien de todo lo que tenemos necesidad, pero nos pide que busquemos primero el Reino de Dios y su justicia. Él se encargará de cuidarnos en todo lo demás (Ibidem).

Y el último consejo que nos da la Liturgia de la Palabra de mañana es esencial:

No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas (Ibidem)”.

 ¡Qué sabio es “vivir al día”!

Pórtate bien "ahora", sin acordarte de "ayer", que ya pasó, y sin preocuparte de "mañana", que no sabes si llegará para ti” (Camino 253).

“¡Ahora! Vuelve a tu vida noble ahora. —No te dejes engañar: "ahora" no es demasiado pronto... ni demasiado tarde” (Camino 254).

Nuestra Señora, que conservaba todo dentro de su corazón (cfr. Lc 2, 51), nos enseñará a confiar en la Providencia de Dios y a valorar rectamente los sucesos de esta vida, en el mundo y en la Iglesia.




sábado, 18 de febrero de 2017

Lecciones de Amor

Dios desea que seamos perfectos. “Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lev 19, 1; cfr. Primera Lectura de la Misa de mañana, Domingo VII del Tiempo Ordinario). “Sed perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5, 48; cfr. Evangelio de la Misa).

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¿Pero quién podrá llegar a ser perfecto?, se preguntaba el Papa Benedicto XVI. Somos tan limitados. Estamos tan lejos de la perfección. Y respondía los siguiente: “Nuestra perfección es vivir con humildad como hijos de Dios cumpliendo concretamente su voluntad” (Ángelus, 20-02-2011). Es decir, Dios no pretende que lleguemos a la perfección meramente formal. La santidad que Él desea de nosotros es la que procede de ola apretura para dejar que el Espíritu Santo haga su obra en nosotros y del empeño por tratar de cumplir su voluntad, por amor: es la perfección de la caridad.

Y, ¿cuál es la voluntad de Dios? Lo leeremos también en las lecturas del próximo domingo: amar a Dios con todo el corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas…, y a todos nuestros hermanos como a nosotros mismos. Ese es el primer mandamiento de la Ley de Dios y el que encierra en sí todos los demás. “En aquel que cumple la palabra de Cristo, el amor de Dios ha llegado s su plenitud” (cfr. versículo del Aleluya).

La voluntad de Dios es la misma para todos, pero cada uno tiene que hacerla realidad en sus propias circunstancias. Por ejemplo, una madre de familia, en su hogar, con su marido, con sus hijos, sus nietos… Ahí debe buscar la santidad en primer lugar.
 
El Señor nos pide amar a todos, incluso a nuestros enemigos. Con mayor razón tenemos que amar a los que están más cerca de nosotros. No podemos ser luz de la calle y oscuridad de la casa.

¡Qué difícil es vivir este mandamiento cabalmente! La santidad es una meta asequible, pero difícil de lograr. Es un reto diario. Cada día tenemos la ocasión de no odiar a nuestro hermano “ni en el secreto de tu corazón”, de “corregirlo, para que no cargues tú con su pecado”, de no vengarse, ni guardar rencor (cfr. Primera Lectura).

También corregir es un acto de caridad: corregir por amor. Colaborar con el Espíritu Santo, que es el Modelador, en el perfeccionamiento y santidad de nuestros hermanos. Por ejemplo, para unos padres, de sus hijos: educándolos en la fortaleza y en la generosidad; ayudándoles a descubrir su vocación humana, profesional y sobrenatural.

¿Cuál es el modelo que tenemos que seguir en este mandamiento? Dios mismo. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar” (Salmo 102).

¿Por qué tenemos que amar a nuestro hermano? Porque es templo de Dios. “Quien destruye el templo de Dios será destruido por Dios” (1 Cor 3, 16-23).

Pero Jesús va mucho más allá del escueto 5° mandamiento, tal como se enuncia en el Decálogo: “no matarás”; o del precepto indicado en la ley del talión, que estaba vigente en los pueblos antiguos: “Ojo por ojo y diente por diente”. Jesús nos pide amar “hasta el extremo”, es decir, sin límites.

Con esa lógica, la que nos enseña Jesucristo, hemos de actuar siempre: perdonar todo, soportar todo, tener paciencia con todo, como nos recuerda san Pablo en el Himno a la Caridad (1 Co 13) que el papa Francisco comenta detenidamente en la Exhortación apostólica Amoris laetitia (2016).

«El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13,4-7) (Amoris laetitia, c. 4).

El Papa comienza explicando las dos primeras características del Amor: la paciencia (más pasiva) y el espíritu de servicio (más activo). La paciencia, sobre todo, es la capacidad de controlar el carácter. El servicio es la capacidad de ser creativos pensando en los demás.

Luego vienen siete “no”, contra: 1°) la envidia (falta de aceptación de los distintos caminos de los hombres); 2°) la presunción (alarde y arrogancia) que nos hace hablar sólo de nosotros mismos; 3°) la dureza de corazón o falta de amabilidad, cortesía, delicadeza y educación; 4°) el propio interés que nos lleva a no estar desprendidos de nosotros mismos; 5°) la irritabilidad (sobre todo la interior, que nos lleva a la amargura); 6°) el rencor y ausencia de perdón (el llevar las cuentas de los demás), 7°) la falta de empatía para, en lugar de alegrarnos con los demás, complacernos en el mal que sufren nuestros hermanos.

Por fin, en cuatro puntos, el Papa comenta la “totalidad” que debe haber en la Caridad: 1°) todo lo disculpa (no critica, utiliza bien la lengua); 2°) todo lo cree (confía plenamente en los demás); 3°) todo lo espera (vive en la esperanza de que todo se puede arreglar, con la gracia de Dios); 4°) todo lo soporta (es decir, ama “a pesar de los pesares”, superando toda adversidad).

La caridad hay que vivirla radicalmente: “no hagan resistencia al hombre malo” (Mt 5, 38-48). ¿Qué quiere decir Jesús con esta frase, a primera vista desconcertante? ¿Tenemos que dejarnos maltratar?

Es claro que todos tenemos el derecho a defendernos, en cuanto es posible. Pero cuando esto no es posible, por distintas razones, y hay que “soportar” el mal necesariamente; entonces Jesús nos da la receta: llévalo todo por amor. “Vence el mal con el bien”. Saca de los males, bienes, y de los grandes males, grandes bienes. Ahoga el mal en abundancia de bien.

El amor siempre es más fuerte que el odio. Al final, siempre triunfará el amor.

No te prometo hacerte feliz en esta vida, sino en la otra”, le decía la Virgen a santa Bernardette en una de las apariciones de Lourdes. Y terminó su vida, en el convento de Nevers, dando gracias por todo. En realidad, fue felicísima en su vida, pero también sufrió mucho.

Si alguien nos hace algún mal, el consejo del Señor es claro: “rogad por los que os persiguen y calumnian para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos” (Evangelio).

Dios desea la salvación de todos sus hijos, buenos y malos. Mientras estamos en la tierra, el más grande pecador se puede convertir en el mayor santo, y viceversa. No hay nada definido.

¿Cuál es el camino para salvar a las almas? Amar. Vivir de amor, de caridad. Ejercitar la caridad constantemente con todos. Y todo, con alegría: amor, gozo, paz. Son los primeros frutos del Espíritu Santo.

Podemos terminar nuestra reflexión mirando el ejemplo de Nuestra Madre, la Señora del Dulce Nombre, la Madre de la Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra (cfr. Salve Regina), que pasó su vida bendiciendo y alabando a Dios, y sembrando la alegría y la paz, en su hogar de Nazaret y luego en la Iglesia, que es el hogar de todos los que creemos en Cristo, es Nuestra Familia.
 


sábado, 11 de febrero de 2017

El que cumple la voluntad de Dios

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. En su primera aparición, el 11 de febrero de 1858, la Virgen sólo sonrió a Bernardette. No dijo nada sino hasta varios días después (le dijo que era la Inmaculada Concepción).

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Lo que más se queda en los hombres son los gestos de amor que tenemos con ellos, como el hijo que recuerda a su madre no por sus palabras, sino por haberle puesto los calcetines (primero uno y después otro) muchas mañanas al levantarse de la cama cuando era niño.

Quizá por eso Nuestra Señora lo primero que hace es sonreír a Bernardette. María sabía que la joven era sensible al cariño de una madre.

Bernardette, hacia el final de su vida se encontraba muy enferma en Nevers. La enfermera que la cuida pide para ella, a la cocina, “una comida más apetitosa”. Entonces, la encargada de la cocina replica con enfado: -¿Es que su madre le daba pollo todos los días? Alguien cuenta a Bernardette la conversación anterior, y ella no pudo evitar responder: -No, claro, pero lo que me daba mi madre me lo daba de todo corazón.

María manifiesta con su sonrisa todo el amor de Dios por cada uno de nosotros pero, una vez que ha conseguido ganar la confianza total de Bernardette, le comunica su mensaje, que es el resumen de la vida cristiana: en unidad de vida, cumplir la voluntad de Dios con el corazón puesto en Él.

El 14 de agosto de 2004, san Juan Pablo II visitó Lourdes y, en la gruta de Massabielle dijo que, en ese lugar, la Virgen enseñó a Bernardette dos cosas: 1) a hacer oración, a través de la contemplación del rostro de Cristo en el rezo del Rosario y 2) a cumplir la voluntad de Dios, según las enseñanzas de Cristo. “Queremos aprender de la humilde sierva del Señor la disponibilidad dócil a la escucha y el compromiso generoso para acoger en nuestra vida las enseñanzas de Cristo”.

Estas dos ideas son en las que nos podemos fijar en este Sexto Domingo del Tiempo Ordinario. Por ejemplo, leeremos en el Evangelio de la Misa de mañana (cfr. Mt 5, 17-37) que Jesús, en el Sermón de la Montaña, dice lo siguiente: 
No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”.
Los Mandamientos —el Decálogo— son la expresión de la Ley Natural que Dios grabó en nosotros, desde la Creación. Jesús no vino a abolir esos preceptos, sino a explicarlos con profundidad y a darnos la fuerza, con su gracia, para que los podamos vivir desde lo profundo del corazón, con recta intención y deseos de manifestar nuestro amor a Dios a través de su cumplimiento.

En nuestra época hay la tendencia a ver en los Mandamientos de la Ley de Dios cargas pesadas o leyes externas que muchas personas cumplen como mero formalismo: algo sin vida y que quita la libertad.

Pero no: los Mandamientos no son eso. Son Caminos de Vida, Luces claras que iluminan nuestras decisiones. Es verdad que cada uno debe hacerlos propios e incorporarlos personalmente de modo que formen nuestra conciencia y nos den criterio para actuar.  

El Papa Francisco con frecuencia nos señala el peligro de actuar como los fariseos, sólo externamente haciendo las cosas “por cumplir”, para estar “tranquilos” con nosotros mismos y “justificarnos” ante Dios.

Ese es un error, indudablemente. Y existe siempre ese peligro. Pero lo que desea el Papa no es que despreciemos los Mandamientos, sino que los amemos mucho y los vivamos de corazón.

Es más, los Mandamientos hemos de vivirlos “hilando muy fino”; es decir, buscando cumplirlos con sinceridad profunda y con delicadeza, para amar a Dios como Él quiere que lo amemos: sin quedarnos en la letra, sino yendo al fondo de su contenido.

Esto es lo que nos enseña Jesús: a poner amor en todo y a cuidar los detalles pequeños, que son muestra de que deseamos vivir todos sus consejos y enseñanzas hasta lo que es aparentemente insignificante, pero que delante de Dios tiene mucho valor.

Por ejemplo, Jesús nos enseña a vivir la virtud de la castidad: de modo más exigente y concreto: “También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”.

El Señor no rebaja la exigencia de los Mandamientos, sino que la aumenta, enseñándonos a no quedarnos en el límite mínimo, sino a aspirar a los bienes mejores. “Procurad reformaros con un nuevo sentido de la vida; tratando de comprender aquellas cosas que son buenas, de más valor, más agradables a Dios, más perfectas; y seguidlas” (Rom 12, 2).

Somos libres para hacerlo: “Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua; extiende la mano a lo que quieras. Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja” (cfr. Primea Lectura, Sir 15, 16-21).

Nuestra Señora, Madre del Buen Consejo, nos enseñará a valorar mucho todas las enseñanzas del Señor y a tener un deseo muy grande de cumplir, de todo corazón, su voluntad: “Dichoso el hombre de conducta intachable, que cumple la ley del Señor. Dichoso el que es fiel a sus enseñanzas y lo busca de todo corazón” (cfr. Salmo 118).



sábado, 4 de febrero de 2017

Sal de la tierra y luz del mundo

En la homilía de la canonización de san Josemaría Escrivá de Balaguer, el 6 de octubre de 2002, san Juan Pablo II comentó brevemente las palabras de Jesús que leeremos mañana en el Evangelio de la Misa  (Mt 5, 13-16) del 5° domingo durante el año: “Ustedes son la sal de la tierra (…). Ustedes son la luz del mundo”.


“Siguiendo sus huellas —decía el Papa, refiriéndose a san Josemaría—, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis “sal de la tierra” (cf. Mt 5, 13) y brillará “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16)”.

¿Cómo podemos los cristianos ser sal y luz delante de los hombres? La respuesta es clara: cultivando el estilo evangélico de vivir, es decir, el modo de vivir de Jesucristo, de la Virgen, de los Apóstoles, de los discípulos que seguían a Jesús...; el estilo de vida de los pequeños y los humildes de corazón.

El domingo pasado veíamos quiénes son esos pobres y humildes. «Es la gente humilde rechazada y despreciada la que le entiende y corre tras El. Con esta gente Jesús establece entendimiento inmediato; es gente convencida de no saber ni valer nada, convencida de necesitar ayuda y perdón (...). No así los "sabios" y los "inteligentes"; estos se han formado su propia visión de Dios y del mundo, y no están dispuestos a cambiarla. Creen saber todo acerca de Dios, creen poseer la respuesta decisiva y piensan que no tienen nada que aprender, por ello rechazan la "Buena Nueva" (...). Solamente quien acepta los propios límites intelectuales y morales y se reconoce necesitado de salvación, puede abrirse a la fe y en la fe encontrar a Cristo a su Redentor» (san Juan Pablo II, 17-II-80).

Para ser sal y luz delante de los hombres, es necesario vivir las bienaventuranzas proclamadas por Jesús inmediatamente antes. Un resumen maravilloso de ellas nos lo da san Juan Pablo II en la homilía citada más arriba, cuando define el estilo evangélico “de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu”.

Son cuatro notas en las que vale la pena detenerse una y otra vez.

La humildad es como la base del estilo evangélico de vivir. Es la virtud humana fundamental, en la cual se apoya todo el edificio espiritual. Es preciso tener conciencia de nuestra insignificancia delante de Dios y de nuestros hermanos. La humildad va de la mano de la sinceridad, la docilidad y la sencillez.  

La segunda característica es el servicio. Los humildes desean servir, ser útiles, ayudar a los demás, darse. “La humildad es la morada de la caridad” (San Agustín). Y una forma sencilla de la caridad es el espíritu de servicio. Todo se puede convertir en servicio: desde la oración hasta el trabajo y el apostolado. Por ejemplo, ante la pregunta de Peter Seewald (en “Últimas conversaciones”, p. 35) sobre si hay algo que el Papa Benedicto XVI quisiera aún llevar a cabo, responde: “No en el sentido de que quiera dejar aún algo a la humanidad. Pero sí en el sentido de proseguir mi servicio en la oración”.

Pero para poder servir con humildad, son necesarias previamente dos condiciones fundamentales.: el abandono en Dios y la oración.

En primer lugar una actitud de “abandono en la Providencia”. Sólo se es verdaderamente humilde cuando nos sentimos como niños en las manos de Dios, confiados plenamente en sus planes, seguros de que todo lo que sucede en nuestra vida no es fruto de la casualidad o el azar, sino manifestación del designio de Dios. Es una actitud vital, don de Dios, que podemos identificar con las virtudes teologales de la fe y la esperanza.

La última nota del estilo de vida evangélico es “la escucha constante de la voz del Espíritu”, es decir, el empeño por mantener nuestra unión con Dios por medio de la oración. Es el deseo de permanecer abiertos a la acción del Espíritu Santo en nuestra alma, que acude en ayuda de nuestra debilidad.

Podemos decir que la oración es el clima espiritual de los pobres de espíritu que, si se cultiva diariamente, les lleva a abandonarse totalmente en las manos de Dios y, por eso, a ser verdaderamente humildes y ocuparse constantemente en el servicio de sus hermanos.

Luchando por vivir todos los días el estilo evangélico, que ante todo es un don de Dios, podremos ser sal y luz para nuestros hermanos.